A las personas torturadas: “Estamos aquí; si necesitáis ayuda, contactad con nosotros. Somos una red, y eso nos hace más fuertes”
«Movidos y conmovidos por la muerte de Iker Aristu», los miembros de la Red de Personas Torturadas de Nafarroa han pedido a las instituciones que ayuden en la reparación de las consecuencias de la tortura, que «nunca se dejan atrás del todo».
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Iturria: Ahotsa.info – Naiz.info
«La tortura y sus consecuencias son una realidad que nunca se deja atrás del todo» y por ese motivo y ante la reciente muerte de Iker Aristu, la Red de Personas Torturadas de Nafarroa ha pedido a las instituciones que ayuden en su reparación.
Esta petición ha sido formulada en la rueda de prensa que ha ofrecido este jueves la asociación a través de sus portavoces Mertxe Gonzalez y Miguel Ángel Llamas, en la que han estado acompañados de Jeannette Ruiz de Goikotxeta e Iñaki Etxague, de su grupo de psicólogos.
Han recordado que antes del nacimiento de la red, ya decidieron que «uno de los ejes centrales de su acción debían ser los cuidados», porque «nadie sabe mejor que nosotros, las supervivientes de la tortura, lo profundas que son las secuelas que nos ha dejado».
Así que ha procurado que «los cuidados, autocuidados y cuidados mutuos fueran uno de los elementos centrales de toda nuestra actividad».
Pero la necesidad de atender esas consecuencias ha tenido un «doloroso recuerdo de la gravedad del problema y de la necesidad de políticas, medios y recursos» con la muerte del miembro de la red Iker Aristu el pasado 6 de septiembre.
Responsable del daño
Por ello, han querido mandar dos mensajes. Uno de ellos está dirigido a la sociedad y a las instituciones, y recuerda que «en el caso de la tortura, la reparación no es ni puede ser en ningún caso equivalente al daño sufrido: ese daño físico, psicológico y moral está realizado, es irreparable y no puede ser desecho». Y sería «un terrible error pensar que la reparación solo se debe dar a nivel simbólico o económico».
Además, han puesto el acento en que «el Estado es responsable de habernos infringido este daño» y han pedido a las instituciones que ayuden «en su reparación». Incluso la red se muestra dispuesta a «ayudar en el diseño o la búsqueda de soluciones y medios».
En este sentido, Gonzalez y Llamas han recordado que en julio «termina el plazo de la Ley de Abusos Policiales y, a partir de ahí, la Comisión de Valoración emitirá su informe final, en el que, a buen seguro, abordará el tema y hará sus recomendaciones».
Grupos de cuidado en Plazara!
Mientras, la red recuerda a las personas torturadas que «estamos aquí, no estáis solas ni solos» y que «este mismo viernes y como en años anteriores, se ponen en marcha los grupos de cuidado o zaintza taldeak en Plazara! de Iruñea». Un espacio «quincenal de encuentro y diálogo libre, abierto, seguro, confidencial y de confianza, donde se podrá hablar de lo que nos remueve la tortura y de lo que cada persona desee».
Las secuelas que deja la tortura han sido analizadas por Jeannette Ruiz de Goikoetxea e Iñaki Etxague, del grupo de psicólogos de la Red de Personas Torturadas. La primera, desde su experiencia de más de 30 años trabajando en salud mental, ha destacado la importancia de que la sociedad en general tenga «información de las consecuencias de la tortura».
Ruiz de Goikotxeta ha puesto de relieve que «los estudios dicen que el 70% de las personas que han sufrido un acontecimiento traumático pueden superar sus efectos por sí mismas, pero ¿qué pasa con el 30% restante?». Además se da la circunstancia de que, aunque muchos casos no se podían diagnosticar como trastorno de estrés postraumático «porque no cumplían todos los criterios diagnósticos, sí que mantenían mucha sintomatología asociada».
Eso se debía, entre otras razones, a que «las personas más vulnerables y con más daño emocional no quieren abrir la herida y no quisieron participar en el estudio».
Amnesia disociativa
La psicóloga ha recordado que las consecuencias de la tortura «vienen a ser psicológicas y rara vez físicas», y que en algunos casos, se da la llamada «amnesia disociativa», de tal manera que no se acuerdan de lo sucedido y que es «un recurso de supervivencia, pero el cuerpo lo siente».
Son personas que llegan a sufrir sentimientos de «humillación, culpa y vulnerabilidad», pero que «no los asocian con la experiencia vivida». Por ello, recomienda «pasar por terapia y compartir esa experiencia con otras personas», de la que algunas llegan a decir que «me cambió la vida».
De hecho, además sufren secuelas como la «revictimización cuando no se les cree» y «la herencia del trauma, ya que se comportan con sus familiares y seres queridos de forma diferente a como lo habrían hecho si no hubieran pasado por esa experiencia».
Por su parte, Etxague ha puesto el acento en que la tortura «se dirige a la vulneración de la identidad, de la intimidad, de la corporalidad y de la voluntad», y «cuando todos estos aspectos han sido socavados, la persona necesita ‘rescate’, recuperación, recofiguración».
Así que la terapia «se hace conveniente y necesaria en muchos casos», por lo que «seguramente el reconocimiento no es suficiente y sería adecuada la articulación de estrategias concretas –apoyo terapéutico definido, por ejemplo– de cara a una auténtica reparación».
Y ha concluido animando a «recurrir a profesionales de la psicología y/o psiquiatría, si no se sienten capaces de mirar al pasado, porque les da miedo. Que pierdan ese miedo y que busquen ayuda, porque esto se puede superar a nivel colectivo e individual».
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