Queremos ser camino y no frontera

Escucho pasar los aviones preñados de bombas... y me molestan. Ya sólo me molestan. Antes, yo era joven, creía que era imposible vivir en un sitio donde los ejércitos se entrenaban para matar, para matar mejor.

Bardenas Libres 2018

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Ahora ese ruido que hace vibrar las ventanas de mi casa, sólo me molesta. – Ama, ¿qué

es ese ruido?-, me dice mi hija. Y yo la miro en silencio, no quiero decirle que es sólo un ruido

molesto; tampoco quiero asustarla. 

Durante el recreo los niños y niñas de mi clase miran los aviones pasar. Sólo los más pequeños se

asustan, los mayores ya se han acostumbrado, ya saben que son sólo aviones entrenándose para

matar. 

Ahora sé también que este ruido no suena igual en todas partes. En Siria o en Afganistán, cuando

una madre o una profesora escucha este ruido, cuando una niña pregunta -¿qué es ese ruido ama? –

hay una madre que corre, una profesora que les ayuda a esconderse. A ellas, a estas madres y

profesoras, este ruido no les resulta molesto: les aterroriza. 

Me pregunto si para los pilotos de estos aviones (¿por qué nunca nos imaginamos a mujeres

pilotando bombarderos?) sonarán igual sus bombas en las Bardenas o en Siria. Lo pregunto en serio:

¿Qué se siente al apretar el botón? ¿Tendrán madres, hijas, profesoras esos (o esas) pilotos que solo

cumplen con su deber? ¿Llevaran sus fotografías en las cabinas de vuelo? 

No hay que preocuparse, nadie es responsable. Nadie tiene la culpa de que nuestras tierras se

alquilen para aprender a matar. Dos mil años de filosofía, humanismo, arte, religión, ciencia política,

derecho… no han evitado que cientos de madres, profesoras y niñas huyan de sus casas para

esconderse de las bombas que a nosotras nos molestan. Cuando pedimos el desmantelamiento del

polígono de tiro de Bardenas los políticos nos hablan de dinero o nos animan a mantener las

protestas dentro de sus cauces… otros 50 años más. Nadie tiene la culpa. No es culpable el militar

que cumple con su deber, ni el político que defiende su patria, ni el bien intencionado que protesta sin

molestar, ni el ingeniero que diseña las concertinas, ni la obrera que mira para otro lado… Quizás las

únicas culpables sean las madres y profesoras que se empeñan en huir de las bombas, para morir

ahogadas en el Mediterráneo.

Tendrán razón; sólo es un ruido molesto. Siempre hay alguien que se empeña en morir en algún sitio remoto. Tendrán razón, pero yo quiero ser una de esas madres o profesoras que evitan… ustedes ya

me entienden. 

– Hija, ese ruido tan molesto yo lo quiero parar. Cientos de hombres y mujeres van camino de Melilla

para abrir las puertas a quienes huyen de la muerte. Yo quiero ayudarlos; quiero ayudar a los

refugiados y a quienes ayudan a los refugiados; quiero que mis brazos sean parte de los brazos que

les protejan. Vas a tener que compartir tu escuela, tu habitación y hasta mis abrazos con quienes

huyen, porque yo les quiero proteger. Quiero ser camino y no frontera; quiero cambiar las bombas por

abrazos. Quiero que mi cuerpo sea uno de los cuerpos que protegen a los y las que protegen. Porque

no es cierto mi niña, que todos escuchemos el estruendo de la muerte como si fuera sólo un ruido

molesto. Vamos hija a las Bardenas, si no podemos parar los bombardeos, acojamos a quien huye de

ellos.

Gehiago