Europa: muros y naufragios

El florecer de los muros. En una sociedad globalizada, donde las nuevas tecnologías, el comercio y los mercados, las relaciones políticas y culturales, la comunicación y la información tienden cada día más a extenderse hacia una dimensión mundial, paradójicamente, los muros no sólo permanecen de pie, sino que siguen aumentando y reforzando para dividir el mundo entre deseables e indeseables vecinos.

Ester Korres. Miembro de Eusko Alkartasuna y Parlamentaria Foral.

2016-ko apirilak 15

Después de 25 años desde la caída del muro de Berlín, más y más muros se alzan por toda Europa, cuando cuya fundamental razón de ser era precisamente la de derribar barreras. Cuando en un rápido repaso por la historia reciente de Europa, podemos apreciar un sinfín de movimientos migratorios a través de los cuales la población europea se ha trasladado de país e incluso de continente en varias ocasiones.

Entre Ceuta y Melilla, Israel y Cisjordania, las dos Coreas, Uzbekistán y Kirguizistán, Arabia Saudi e Irak, Marruecos y Sahara Occidental, Irak y Kuwait, India y Bangladés, Botsuana y Zimbabue, Estados Unidos y México, Bulgaria y Turquía, Grecia, Hungría, Chipre… se erigen ahora muros infranqueables, custodiados por decenas de miles de policías y militares que, fusil en mano, impiden el paso de personas que en su mayoría huyen no solo de las guerras, sino también de la pobreza y la miseria, con la esperanza de encontrar refugio y nuevas oportunidades. En pleno siglo XXI, estamos en la época dorada de los muros, levantados con una lógica capitalista de detener migraciones de la pobreza generada por el propio sistema en el que vivimos. Pero no detienen las migraciones: las filtran. Dado que es imposible impedir el movimiento de personas, principalmente, porque las personas que inundan Europa están impulsadas por la desesperación humana, y no porque quieren remover las conciencias europeas ni por la generosa voluntad europea de acogida.

Europa y políticas de migración. La crisis de los refugiados no se limita a las decenas de miles de personas que se han encontrado atrapadas primero en Grecia y ahora en Turquía. Ceuta y Melilla, Lampedusa, Calais… el conflicto entorno a las políticas de migración europeas viene de lejos y va mucho más allá. En ese sentido, el Estado español -ese mismo que está negando sistemáticamente el grueso de las peticiones de asilo cursadas y realiza devoluciones en caliente tanto en Ceuta como en Melilla- y la Unión Europea, están demostrando con sus actuaciones la falta de vergüenza, de respeto alguno por los derechos humanos y una carencia absoluta de sentido común. Hablamos de un acuerdo de rechazo colectivo (expresamente prohibido en el Convenio de Ginebra) que lanza por los aires lo poquísimo que quedaba recogido en la legislatura europea del derecho de asilo. Es, en definitiva, un fracaso moral y de falta de solidaridad internacional por parte de Europa. Tras meses y meses de cumbres, reuniones, acuerdos y debates para buscar soluciones a una dramática crisis política y humanitaria, el Estado español ha alojado a 18 refugiados de entre los diez millones que lo necesitan. Juzguen libremente el tamaño de tal desvergüenza.
Desde Eusko Alkartasuna y EH Bildu queremos mostrar un rechazo frontal y absoluto al acuerdo alcanzado por la UE y Turquía, que se aleja cada vez más de la Europa que muchos y muchas deseamos: abierta, plural, tolerante, hospitalaria y tierra de asilo para todas aquellas personas que buscan en nuestro entorno la posibilidad de tener una vida digna. Seamos conscientes y consecuentes: la única forma de impedir que cientos de personas mueran a las puertas de Europa es poniendo fin a la guerra en Siria, abrir las fronteras, establecer vías seguras de acceso, implementar de forma inmediata procesos de acogida y plantear a futuro políticas de redistribución de la riqueza y justicia fuera de las fronteras europeas. También en Navarra, donde la mayoría de las instituciones, agentes sociales y la ciudadanía han mostrado voluntad y disposición para acoger a las 300 personas que le corresponden del cupo europeo. En ese sentido, emplazamos a las instituciones navarras a desobedecer las posturas inmovilistas del Estado español con el fin de agilizar la acogida de las personas refugiadas.

La historia está a punto de repetirse. Quiénes al estudiar la evolución del Nacismo nos preguntábamos por qué el pueblo alemán no reaccionó a tiempo ante tal barbarie humana, tememos ahora no encontrar las palabras con las que explicar y disculparnos ante las generaciones venideras por los lamentables episodios que ahora estamos escribiendo. En los años 1930, las élites europeas y estadounidenses consideraban que la URSS, debido a su modelo, representaba una amenaza para sus intereses de clase. Y por eso apoyaron colectivamente el proyecto nazi tendiente a colonizar el este de Europa y a destruir los pueblos eslavos. Pronto, ya era demasiado tarde cuando algunos dirigentes se dieron cuenta del error que habían cometido. Ahora, estamos entrando en la descomposición de mínimos en materia de derechos humanos con los que, tras el auge del fascismo y el nazismo, nos habíamos comprometido para evitar vueltas atrás. No demos un paso más en este suicidio europeo. No demos alas a un fascismo que está avanzando en las mentes de políticos y movimientos de derecha y ultraderecha europeos.

Por responsabilidad colectiva y particular. En este terrible escenario, sólo queda una pregunta por hacerse: ¿cuán firme es nuestra convicción de que la dignidad humana es un bien supremo? Acoger a personas que huyen de la guerra, del hambre y la pobreza es un gesto de humanidad. Un gesto que fortalece la Europa hacia la que queremos avanzar, la de los derechos, las libertades y la tolerancia. Europa no puede ignorar lo que sucede más allá de sus fronteras, y por supuesto, tiene que plantearse cuál es su papel en el mundo. Porque lo que ahora llegan a Europa son las consecuencias de largos años de inacción ante las guerras y de una política internacional errática. Pero más allá de la responsabilidad conjunta que recae sobre la Unión Europea y todos los Estados miembros, cada una de nosotras y nosotros debemos entender que aun no siendo culpables de la tragedia, llevamos la responsabilidad. Tenemos la responsabilidad particular, la de estar atentos y bien informados, la de ser sensibles, generosos, solidarios y empáticos, y sobre todo, la de tener juicio crítico y ansia de movilización. Que nadie avale este enfrentamiento y abandono humano, no en nuestro nombre.

Gehiago