El ciudadanismo como forma de sumisión

El otro día iba paseando con mi perro por un jardín donde hay un skate park, el perro hizo el gesto de cagar, pero sólo el gesto porque tiene nueve años y también colitis, de manera que a veces hace el amago pero no llega a excretar.

Jimmy Muelles

2016-ko uztailak 14

Al ver que no me agachaba a recoger nada

(porque no había nada) un grupo de adolescentes de unos doce o trece años empezaron a

increparme, unos gritaban “¡multa! ¡multa!” y me impelían a recoger… nada. Pasando por alto

el hecho de que no había ninguna caca, les intenté explicar de buenas maneras que los

excrementos animales son un fertilizante natural que mejora la calidad del sustrato a nivel

nutricional y estimula el crecimiento vegetativo. Me llamaron “gilipollas” y amenazaron con

avisar a las autoridades.

Pasa que cuando una mujer es expuesta semidesnuda y como si fuera un animal, cual reclamo

en un anuncio de una marca comercial para vender cualquier producto, es cívico. Fumar en un

garaje de unos grandes almacenes que están saturados de monóxido de carbono, a tan sólo

diez kilómetros de una planta incineradora, no lo es, y tu actitud será censurada por algún

cliente. Que un anciano sea abandonado por su familia en ese momento de la vida en el que

no puede valerse por sí mismo, es cívico. No recoger la caca de tu perro, aún encontrándose

en el monte junto a las boñigas de las vacas, no lo es, y tu actitud será censurada por algún

vecino. Que una persona migrante y pobre sea despojada de su dignidad y sus derechos más

básicos por no tener papeles, es cívico. Que esa misma persona intenté ganarse el pan

vendiéndote baratijas mientras te emborrachas en un bar, no lo es, y será deportada por

buscarse la vida. Estas hipotéticas situaciones sirven de ejemplo para explicar la hipocresía de

una ideología relativamente nueva: el ciudadanismo.

El ciudadanismo no es moral, es un revoltijo de ideas que mezcla los valores cívicos de la

tradición republicana con cualquier ley, ya sea la constitución o la ordenanza municipal. Su

función es proporcionar una supremacía de tipo moral, a un estado liberal que ya no necesita

de las armas para mantener la paz social dentro de sus fronteras, pues ha encontrado en la

colaboración ciudadana, en la participación y en la denuncia entre los propios individuos, la

mejor fórmula para el control total. Pretende crear un tipo de ciudadano que no conciba más

libertad que la supervisada por el poder. Poco tiene que ver esto con la voluntad popular, y

menos aún con el respeto hacia el prójimo. Su razón de ser se explica por la degeneración

(inducida) del sentido de justicia de los individuos, y dicha degeneración provocada sirve a

unos intereses determinados, en concreto, al status quo del sistema político que sustenta unas

relaciones sociales que son injustas.

Al elevar al legislador a la categoría de sacerdote, se funda una nueva religión donde el paraíso

es el Estado de derecho. Esto es muy pernicioso para el pensamiento crítico de los seres

humanos y para la racionalidad misma, pues se confunde la idea de justicia con el derecho,

que no es sino el lenguaje con que nos habla el Estado. La sustitución de la ética individual por

la palabra de legislador puede provocar situaciones realmente absurdas e injustas como las

que he mencionado al principio, pero el verdadero problema es que esta ideología puede

atrofiar, de manera permanente, la capacidad de las personas para relacionarse entre ellas y

con el entorno. ¿De qué sirve que el niño no tire las cáscaras de las pipas al suelo, mientras se

obvian los procesos que hacen posible que ese mismo niño se pase horas frente a la pantalla

de su Ipad, y sus consecuencias? Lo que está bien o mal visto en la sociedad moderna, está

peligrosamente influenciado por las causas que nos permiten vivir de una manera inconsciente

respecto al medio, y a su vez, esta forma inconsciente de vivir es un tipo de alienación que

atenta a la cordura.

El caso es que no sé si es cívico o no, pero un par de guantazos a los padres de aquellos

skaters, a sus profesores, a su tutor, o a quien quiera que sea responsable de haberles

manipulado hasta ese grado de estupidez, sería positivo desde un punto de vista humanístico.

Y es que ya son demasiadas las veces en que la idea del bien común no sólo opera al margen

de la ley, sino que va directamente en contra de ésta.

Gehiago