Un día en el Parlamento de Navarra

Ramón Contreras López

en nombre de todas y todos los Hermanos Marx que viven en viviendas de alquileres protegidos o hayan perdido la protección

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El 25 de junio hemos asistido al Pleno del Parlamento de Navarra. El motivo era importante, de debatía y votaba la modificación de la Ley Foral del Derecho a la Vivienda para garantizar que las viviendas protegidas sometidas hasta ahora a plazos de descalificación mantengan de forma indefinida su carácter protegido.

Y, no sé bien por qué, mientas transcurría la sesión, no podía de quitarme de la cabeza una vieja película de los Hermanos Marx: «Un día en las carreras».

Quizá fuera porque, igual que en aquella película, había quienes estaban empeñados en convertir un bien colectivo en un negocio privado. Quizá porque en ambos escenarios aparecían personajes elegantemente vestidos, perfectamente educados y extraordinariamente preocupados por el interés general…siempre que ese interés general coincidiera exactamente con sus intereses particulares. Quizá porque, tanto en la película como en el Parlamento, los verdaderos protagonistas eran personas corrientes que simplemente trataban de defender algo tan elemental como un derecho.

En la película de los Marx, los villanos pretenden quedarse con un sanatorio para hacer negocio. En la sesión del Parlamento del día 25, algunos parecían lamentar profundamente que miles de viviendas protegidas no puedan acabar convirtiéndose tarde o temprano, en mercancía especulativa. Cambian los decorados, cambian los trajes, pero el argumento resulta sospechosamente familiar.

Mientras escuchábamos algunas intervenciones, uno tenía la sensación de estar viendo desfilar a los personajes clásicos de la comedia marxiana. Allí estaban los que usan las amenazas jurídicas y hablan de inseguridad para justificar el no cambiar nada. Allí estaban los representantes de los empresarios y promotores privados que se presentan como sujetos imprescindibles para construir viviendas, siempre que se mantengan sus cuantiosos beneficios y que amenazan con no edificar vivienda protegida de alquiler si se aprueba esta Ley. Allí estaba el personaje solemne que habla durante quince minutos para explicar que defender el derecho a la vivienda es una ocurrencia peligrosa porque podría perjudicar al mercado.

Y allí estaban también quienes, como Groucho, parecen tener la molesta costumbre de recordar que las personas existen antes que los balances contables.

Porque hay algo profundamente marxiano ―en el sentido cinematográfico del término― en escuchar a determinados portavoces defender con extraordinaria pasión los derechos de los promotores inmobiliarios mientras se muestran mucho más fríos cuando se habla de los derechos de quienes necesitan una vivienda.

En la películas de los Hermanos Marx siempre hay un momento en que los poderosos empiezan a perder los nervios. Los argumentos dejan paso a las amenazas, las sonrisas desaparecen y el miedo asoma detrás de los discursos. Algo parecido ocurría cuando algunos anunciaban catástrofes económicas, hundimientos del mercado, inseguridad jurídica y toda clase de calamidades por el simple hecho de impedir que viviendas construidas con ayudas públicas acaben formando parte del circuito especulativo. Es como se nos anunciaran en fin de la civilización occidental. Y sin embargo, lo único que se estaba votando era que las viviendas protegidas siguieran siendo viviendas protegidas. Una extravagancia revolucionaria, al parecer.

Los Hermanos Marx también enseñaron que el humor sirve para desenmascarar el absurdo. Y pocas cosas resultan más absurdas que escuchar a quienes llevan décadas defendiendo la mercantilización de la vivienda presentarse ahora como los auténticos defensores del interés social.

La película avanzó hasta su desenlace. Llegó la votación. Y, como en las mejores comedias de los Marx, los malos no consiguieron salirse con la suya. La modificación de la ley fue aprobada. Hubo sonrisas. Hubo abrazos, Hubo alivio. Y hubo también algo parecido a la satisfacción de comprobar que, por una vez, el interés colectivo había prevalecido sobre los intereses particulares.

Pero la mejor escena estaba todavía por llegar. Cuando el Pleno terminaba y los corrillos comenzaban a formarse, desde la bancada de la derecha llegó un comentario dirigido a quienes habíamos seguido la sesión: «Los han traído engañados».

Reconozco que la frase tiene cierto talento cómico. Podría haber sido escrita por los guionistas de los Hermanos Marx.

Así que sí, nos han descubierto. Somos unos pobres desgraciados sin criterio propio. Personas incapaces de comprender qué votan nuestros representantes. Ciudadanos manipulables que hemos llegado hasta el Parlamento sin saber por qué estábamos allí. No tenemos formación. No entendemos nada. Nos engañan con facilidad. Y a pesar de todo eso hemos sido capaces de identificar perfectamente quién defendía los intereses de los promotores inmobiliarios y quién defendía el derecho a la vivienda. Curioso. Tal vez seamos humildes. Tal vez no tengamos grandes patrimonios. Tal vez algunos no frecuentemos los mismos despachos ni consejos de administración. Pero sabemos perfectamente quién considera la vivienda un derecho y quién la considera un producto. Sabemos distinguir entre quién habla de familias y quién habla de mercados. Sabemos diferenciar entre quién defiende a los inquilinos y quién defiende a los grandes tenedores. Y sabemos perfectamente de qué lado estamos.

Por eso hoy habríamos pagado gustosamente una entrada para ver Un día en las carreras. Aunque, pensándolo bien, no hacía falta. La representación era gratuita. Y se celebraba en el Parlamento de Navarra.

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