Más allá del plato: El veganismo radical como impugnación total al Capital
Teresa Fuentes Toledo
activista ecofeminista e investigadora independiente
2026-ko ekainak 8
En las últimas décadas, el sistema capitalista ha desplegado una de sus estrategias más eficaces: la
asimilación y desactivación de las potencias subversivas. Lo que nació como una crítica radical a la
dominación de los cuerpos sintientes ha sido despojado de su carga política y devuelto al mercado bajo
la etiqueta del “veganismo de consumo” o lifestyle. En los escapar ates de los supermercados y en las
campañas de marketing corporativo, el rechazo a la explotación animal se promociona hoy como una
opción dietética individual, un nicho de mercado elitista o una decisión de salud puramente burguesa.
Frente a esta domesticación liberal, el veganismo radical se levanta no como una opción de consumo
ética o una restricción alimentaria, sino como una praxis política de resistencia, una enmienda a la
totalidad contra el entramado civilizatorio del Capital.
El veganismo radical asume que la explotación de los animales no humanos no es un mero fallo moral de
la humanidad, sino un pilar estructural indispensable para la acumulación originaria y el mantenimiento
del capitalismo global. Desde la lógica del beneficio, el cuerpo vivo es fragmentado, tasado y convertido
en materia prima a través de lo que autores de la teoría crítica denominan el extractivismo corporal. No
se trata de un fenómeno aislado: la misma racionalidad económica que privatiza la tierra, precariza la
fuerza de tr abajo humana y destruye los ecosistemas mediante el extractivismo mineral, es la que
hacina, medica y ejecuta industrialmente a miles de millones de seres sintientes cada año. La ganadería
industrial es la máxima expresión de la necropolítica del Capitaloc eno: la potestad soberana del mercado
para decidir qué cuerpos poseen valor intrseco y cuáles son reducidos a recursos sacrificables y
descartables.
Para sostener este engranaje de violencia material a escala planetaria, el sistema requiere de una
pedagogí a cultural y simbólica que anestesie la disonancia moral del tejido social. Aquí opera de forma
nítida la categoría del “referente ausente” formulada por la teoría ecofeminista, un proceso lingüístico
mediante el cual el lenguaje hegemónico maquilla y fragmenta el cadáver para transformar al sujeto
sintiente en una mercancía desprovista de biografía. Frente a este maquillaje corporativo que reduce la
violencia a un código de barras, la voz y la crudeza poética de activistas abolicionistas como Chloe María
Valdivieso se vuelven indispensables. Al denunciar sin concesiones lo que denomina los “centros de
exterminio lácteo”, Valdivieso rompe el relato bucólico e higienizado que proyecta la industria,
obligándonos a mirar la realidad material del despojo, la violación sistemática y los lutos maternos que
arrastra la cotidianeidad del consumo masivo. Esta objetualización y fragmentación simbólica que señala
la autora guarda un paralelismo absoluto con la cosificación de las mujeres bajo el patriarcado: en
ambos escenarios, el poder necesita negar la condición de sujeto a los cuerpos subordinados y reducirlos
a meras funciones biológicas para poder explotarlos, consumirlos y comercializarlos sin culpa colectiva.
Frente a las narrativas eurocéntricas que desplazan la
liberación animal hacia el terreno del privilegio
blanco, las aportaciones de la interseccionalidad radical y el pensamiento decolonial articuladas por
pensadoras como Aph y Syl Ko demuestran que la categoría de “lo animal” ha funcionado históricamente
co mo una tecnología política de opresión colonial. Durante la expansión imperial de Occidente, la línea
que divide lo “humano” de lo “animal” no fue una demarcación biológica, sino un baremo político
utilizado por el supremacismo blanco para animalizar, deshumanizar y expoliar a las poblaciones
indígenas, a las personas racializadas y a las mujeres de clase trabajadora. Por tanto, el veganismo radical
no sitúa la liberación animal por encima de las luchas humanas; al contrario, comprende que la pirámide
de la dominación supremacista y patriarcal no podrá ser demolida si no se arranca de cuajo su base
fundamental: la jerarquización y explotación de los cuerpos sintientes basada en la especie.Caminar
hacia una auténtica política de la compasión y de la contrainformación exige arrancar el veganismo de
las garras de las multinacionales y de los discursos institucionales bienpensantes de las “feministas de
gestión”.
El ecofeminismo, feminismo antiespecista y las asambleas antiespecistas de base nos recuerdan que
poner la vida y la vulnerabilidad en el centro de la organización social es un acto profundamente
subversivo. No podemos construir una sociedad verdaderamente emancipada, libre de opresión y de
violencia estructural, si nuestro metabolismo económico y nuestra cotidianidad alimentaria siguen
dependiendo de la esclavitud y el confinamiento de otros seres capaces de sufrir y disfrutar. Interrumpir
el ciclo de consumo agroindustrial y cuestionar la supremacía antropocéntrica es, en definitiva, asumir el
compromiso político de que el sufrimiento ajeno nos concierne a todas, rompiendo de una vez por todas
los muros de la indiferencia que el capital ha construido entre las especies.
