La TRW de Babel y la vergüenza siria

Leí por internet que una empresa japonesa había desarrollado un aparato que leía el pensamiento de los gatos, que bastaba con acercarlo al animal para que tradujera lo que pasaba por su cabeza. «Disponible en rosa, negro o blanco, funciona con pilas», decía el fabricante, si bien no especificaba si las baterías estaban incluidas en el pack.

Goio Gonzalez Barandalla, Colectivo Malatextos

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Lo leí y lo encargué. El aparato me llegó sin pilas, pero el Gran Bazar debajo de mi casa estaba como siempre abierto y me vendieron un par. Funcionaba, pero no pude probarlo porque me di cuenta entonces que no tenía gato.

Como me pedí el traductor de color blanco me he compré un gato negro. A juego. Se lo acerqué al bicho pero en la pantalla me salía todo en japonés. En internet leí por suerte que al mismo fabricante le quedaba en stock un último aparato que traducía del japonés al castellano de Iruñerria.

Lo pedí y me llegó. Con pilas. Le pasé al bicho el traductor de su mente y después a éste el traductor de japonés a castellano de Iruñerria y… ¿saben lo que me tradujo?

Ni falta que hace porque el gato hablaba por sí mismo. Igual como los humanos, por los codos. De sus fauces se desprendía un castellano de Iruñerria magistral. ¿Moraleja? Cabe la misma interpretación que en la metamorfosis de Kafka: es la sociedad autoritaria y burocrática hacia el individuo “diferente”, donde éste queda aislado e incomprendido ante una maquinaria institucional agotadora hasta la muerte que ni él comprende ni tampoco es comprendido por ella, aislado en el mediterráneo o en Landaben, en una factoría donde “compañeros” votan despedir compañeras cuando cabe la decente posibilidad de repartir el trabajo.

Gehiago