La identidad no es nuestro campo de batalla

Se dice que la ultraderecha española se envalentona por la emergencia del independentismo catalán, también que hay un repunte del machismo como reacción a los avances del feminismo. Ambas afirmaciones son ciertas. Lógicamente, los fenómenos políticos que tienen cierta relevancia pública (ya sea porque suponen un cambio real, o porque los medios de comunicación los exageran interesadamente) no se sitúan dentro de un paréntesis social, aislados del tiempo y del espacio.

Jimmy Muelles

2018-ko abenduak 13

Como parte de la vida real que son, tienen unas causas y
unos efectos en ella. Pero cuidado: Es muy diferente analizar la relación que tiene el auge del
fascismo con la irrupción en la agenda política del feminismo o el independentismo, que
responsabilizar a estos movimientos de haber azuzado al monstruo, o sea, culpabilizarlos. 

En esa misma línea, que sea el fascismo el que reaccione no quiere decir, necesariamente, que
la causa de su reacción sea lo contrario al fascismo. Ejemplos: Hace unos años hubo un
aumento de los movimientos sociales fascistas (Hogar Social, etc.) que reaccionaban a la
miseria generada por la crisis capitalista, ¿es ese capitalismo en crisis lo opuesto al fascismo?
No. ¿Representaba Galtieri lo contrario que Thatcher? Tampoco. ¿Fue Napoleón III la antítesis
de Von Bismarck? Ni de lejos. De hecho es común que un nacionalismo se enfrente a otro
nacionalismo de la misma naturaleza pero de diferente signo. Lo que pretendo decir con esto,
es que la validez de unos argumentos o la superioridad de unas ideas políticas, no se miden en
función del enemigo que despiertas cuando tratas de llevarlas a cabo. Esto es una falacia
llamada argumento ad consequentiam, también conocida popularmente como “ladran, luego
cabalgamos”. Últimamente, algunos han intentado convencer, tratando de justificar sus
posiciones señalando al monstruo que tenían enfrente. Pero la política es más compleja que
todo eso. 

El fascismo necesita una reafirmación identitaria: cultural, sexual, nacional, religiosa, etc.
Reacciona y se fortalece cuando un grupo percibe que su identidad está en peligro, porque la
legitimidad de vivir conforme a ella es cuestionada. Esa identidad siempre es exclusiva, y se
construye delimitando el lugar donde está el otro, dotando al grupo de un sentido de
pertenencia. A un grupo sí se le puede oponer otro grupo: física, territorialmente; pero es un
absurdo pensar que en política, una identidad se opone a otra identidad. En esencia, las
identidades siempre son lo mismo y funcionan según la misma lógica. La identidad solo es la
pantalla, lo realmente crucial es el sistema electrónico que hay detrás y que constituye su
ideología. El nacionalismo catalán no se opone al nacionalismo español, sino que es el derecho
de la población de un territorio a dotarse de sus propias estructuras políticas, lo que se opone
a la conculcación de este derecho. Del mismo modo y aludiendo a la cuestión de género; no es
la mujer la que se opone al hombre, sino que es una convicción igualitaria la que se opone a la
supremacía masculina. Y es fundamental hacer hincapié y saber distinguir estas ideas, puesto
que de la confrontación identitaria siempre saca réditos el fascismo. 

La labor de la izquierda no es atribuir una supuesta ideología a la comunidad de varones
blancos y heterosexuales (no existe tal comunidad). Las ideas izquierdistas son universales y
hablan de igualdad, de justicia social, de libertad sexual, entre otras cosas. Inventarse un
colectivo imaginario de opresores, que lo son única y exclusivamente por sus categorías
identitarias, aduciendo que son portadores de unos privilegios que van ligados a su identidad,
es exactamente lo que hacen los fascistas. ¿Cabe algo más absurdo y contraproducente? La
pelea tiene que ser ideológica, solo así podremos ganar. 

Como ejemplo, dos reflexiones que representan a la perfección la “izquierda” identitaria de la
que hablo. Ambas a raíz de las elecciones andaluzas y el ascenso de la ultraderecha: 

La primera, una influencer feminista, quien afirmaba que el “72% de los votantes de Vox son
hombres. Por si queréis sacar conclusiones”. Al margen de la evidente falacia ecológica, y que
es un dato absolutamente inútil (porque no menciona la relación mujeres-hombres de los
votantes; y porque aun estando equilibrada, ese dato representa alrededor de un 7% de los
hombres andaluces, con lo que no podríamos extraer ninguna conclusión), ¿no os suena de
algo este tipo de afirmación? A mí sí. Me suena a cuando dicen que la proporción de delitos
perpetrados por inmigrantes es mayor. La derecha xenófoba siempre utiliza estadísticas
relativas a delitos para deducir la naturaleza de los individuos a partir de las estadísticas del
grupo al que pertenecen (buscan datos para criminalizar y estereotipar a gitanos, musulmanes,
rumanos… a quienes no sean “de los suyos”). Y es que la lógica que hay detrás de ese tipo de
explicaciones es la que utilizan los fascistas. En lugar de analizar las circunstancias sociales que
rodean el delito, lo atribuyen a las características sexuales, raciales, étnicas, religiosas,
nacionales… es decir, identitarias, del individuo. ¿Desde cuándo razona la izquierda al modo en
que lo hacen los fascistas? 

Una segunda reflexión, más sutil pero igualmente representativa de la “izquierda” identitaria,
es la manifestada por un conocido abertzale, quien afirmaba que mientras la cultura política
española no asuma el derecho a decidir y repudie el franquismo, la derecha y la ultraderecha
tendrán vía libre. Aparte de que parece no seguir muy atentamente la política internacional, lo
significativo de esto es que achaca unas ideas determinadas a la especificidad de una supuesta
cultura política española. ¿Pero es que no fue Madrid un baluarte antifascista? ¿Y las revueltas
jornaleras en Andalucía por la socialización de la tierra? ¿Y la Asturias minera, vanguardia de la
revolución proletaria en la Europa occidental? Decir que esto no es cultura política española y
en cambio sí lo es la mentalidad franquista, se hace con la clara intención de atribuir una carga
negativa al sentimiento de identidad nacional que no es el tuyo. No puedo evitar reconocer en
esas palabras a quienes siempre vincularon la violencia política a la particularidad cultural
vasca. La política se hace con ideas, no midiéndonos la identidad, sea cual sea esta. Es la
ultraderecha la que siempre esgrime razones identitarias para articular un discurso, porque
necesita construir un “otro” contra el que posicionarse, a base de manipulaciones, verdades
sesgadas y falacias. Por favor, no caigamos en la trampa de acudir a su campo de batalla.
El enemigo a batir no es un arquetipo de hombre, blanco, heterosexual y español. 

El enemigo
es el corpus ideológico que justifica la desigualdad social por razón del sexo o lugar de
procedencia. El que se opone al poder constituyente que emana de la voluntad popular. El que
niega el derecho a vivir la sexualidad de forma libre y plena. Y a este corpus ideológico,
curiosamente, siempre le subyace un sistema que legitima la explotación de la mayoría para el
beneficio de unos pocos.

Por eso, creo que debemos interpelar también al hombre blanco y heterosexual a involucrarse
en la pelea contra el fascismo, contra quien lo explota y contra quien niega su libertad política.
Cualquiera que tenga sentido de la justicia debe luchar codo con codo junto a todas las
personas que son discriminadas por cuestiones relativas a su identidad. Precisamente porque
es una cuestión de justicia, y la justicia no tiene identidad. Es tan necesario tomar conciencia

de la discriminación que sufre el otro por cuestiones identitarias (para que las relaciones que
construimos día tras día sean igualitarias y justas), como dejar de culpabilizarnos de forma
cristianizante por las categorías identitarias que arbitrariamente nos atraviesan. El cambio
social no será un auto de fe. Distinguir esto es esencial para cualquier política que se pretenda
de izquierdas.

Gehiago