EL SUBSUELO DE LOS “ÉTICOS”

Hoy, 10 de diciembre, es el Día Internacional de los Derechos Humanos, aunque a la vista de los hechos bien pudiéramos llamarlo Día Mundial de la Hipocresía.

Eneko COMPAINS SILVA

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Profesor de Derecho en la UPV/EHU.

Se cumplen 67 años desde que las Naciones Unidas firmaran la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en fecha tan señalada no faltarán, a buen seguro, declaraciones, celebraciones y demás actos promovidos por las principales instituciones y fuerzas políticas de cada país. Instituciones y fuerzas políticas que, en infinidad de casos, se dedican a conmemorar dichos derechos un día para promover políticas que los vulneran los otros 364 días del año. Curioso.

Trayendo la cuestión a casa, hoy no faltará UPN, PNV, PSOE o PP que recuerde a la izquierda abertzale lo poco ético de su comportamiento durante las últimas décadas y la necesidad de hacer una lectura crítica del pasado. Vamos, que nos tenemos que arrepentir. Suelo ético le llaman.
Se lo exigen a un movimiento político que, ciertamente, ha podido cometer errores, pero no desde luego por falta de ética. Otra cosa es que nuestra ética no fuese la suya; que la nuestra fuese revolucionaria; que fuese la de no quedarnos de brazos cruzados ante la agresión permanente contra nuestro Pueblo, la de no aceptar el trágala del 78, y la de luchar por traer a esta tierra un escenario de democracia, justicia y paz.

En el actual contexto, da la casualidad de que se lo están exigiendo a la fuerza que más ha hecho durante los últimos años por cambiar el estado de las cosas; a quien se ha comprometido con vías exclusivamente pacíficas; a la única fuerza que ha hecho sus tareas, reconoce el daño causado y aboga por su reparación; a quien apuesta por superar el conflicto en clave de justicia y paz, dando la palabra al Pueblo. ¿Existe acaso algo más ético que esto último?

En mi opinión, ya va siendo hora de pasar a la ofensiva en este terreno y empezar a exigirles un suelo ético y político a ellos, que tarea les queda: todos los derechos, para todas las personas, en toda Euskal Herria. Tanto los individuales como los colectivos.

Y es que ¿Quiénes son ellos para dar lecciones sobre derechos humanos? ¿Acaso son inmaculados? ¿Tan éticos han sido? No se trata ahora de sacarles los GAL ni la impunidad con la que se zanjó tal asunto (aunque podríamos) sino de recordarles que todos apoyaron y algunos siguen apoyando una política de estado abiertamente contraria a la ética y los derechos humanos.

Podríamos citar infinidad de ejemplos, pero el más claro de todos ellos es lo que ha ocurrido con la tortura durante las últimas décadas. El escándalo salpica tanto a Policía Nacional y Guardia Civil como, en menor medida, a la Ertzaintza, así que ya va siendo hora de que cada cual asuma sus responsabilidades.

Quienes torturaban no eran policías incontrolados, sino agentes al servicio de una política de estado. Lejos de adoptar medidas para erradicar esta lacra, desde los aparatos de poder se organizó un sofisticado sistema para garantizar impunidad. Si por una remota casualidad había condena, indulto automático. Y los medios de comunicación ya se encargarían de ocultar las denuncias, no ya sólo de las personas detenidas, sino incluso de organismos internacionales como Amnistía Internacional o Human Rights Watch.

El resultado se va conociendo: miles de ciudadanas y ciudadanos vascos torturados (hasta 9600 según el informe de Euskal Memoria), unas pocas condenas (con sus correspondientes indultos), y todo tipo de ascensos para los responsables directos.

No están para dar lecciones y tal día como hoy convendría recordarles que celebran una declaración cuyo 5º artículo, ese que dice que “nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes” han permitido (cuando no promovido) que se violase.
Yo, particularmente, me en encuentro entre esos miles de ciudadanas y ciudadanos vascos que nunca conoció su suelo ético pero si su subsuelo: el de ser torturado impunemente en lo más hondo de las cloacas del Estado en pleno siglo XXI.

Y lo cierto es que no les guardo rencor; ni a mis torturadores ni a los partidos que los han apoyado. Simplemente, quiero que se reconozca lo que sufrimos, que de alguna forma se nos repare y que lo que nos sucedió no le ocurra a nadie más. “Reconocimiento, reparación y garantía de no repetición” le dicen los expertos. El informe que está elaborando el Gobierno Vasco es un primer paso. Ojalá en 2016 veamos avances sustanciales al respecto.

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