¿Adiós a las armas?

Bajo un sol de justicia, unas 20.000 personas aguantamos estoicamente el pasado sábado en Baiona los discursos de los Artesanos de la Paz, así como el comunicado final en cuatro idiomas suscrito por partidos, asociaciones y personalidades que han dado cobertura a la operación de entrega de armas de ETA.

Joxe Iriarte 'Bikila'. Alternatiba.

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A falta del acto que suponga su desaparición formal, ETA ya es historia. Contar esa historia, me

temo, en principio va a tener más de batalla entre relatos que debate del que sacar enseñanzas.

Preveo mucho ruido, ecos distorsionados similares a los que se oyen en medio del sepulcral

silencio que acompaña al día siguiente de la batalla. Una liza con sucesivos episodios, que ha

durado mas de 60 años y que ha dejado centenares de muertos tanto en los diferentes bandos

como entre quienes no tenían bando alguno. 

Sin embargo, aunque va a requerir su tiempo, abogo para que seamos capaces de abordar el

pasado y sus repercusiones sobre el presente. De momento, transcribo algunas vivencias y

sensaciones que en ese momento afloraban mientras observaba desde el estrado de invitados la

fachada de la Iglesia de Saint Andre, en cuyo interior, allá por el 72, realizamos una huelga de

hambre (con final para algunos en la prisión de Baiona) en defensa de los derechos de los

refugiados. 

También otros recuerdos de vida militante, épocas donde porté armas, tanto de forma obligada

como voluntaria. Sí, voluntaria. Para mi defensa personal y también para poder llevar a cabo

determinadas acciones, no forzosamente militares, ya que los cuerpos de seguridad del

franquismo tiraban primero y preguntaban después. Esto que algunos olvidan o no tienen en

cuenta cuando se refieren al nacimiento de ETA. Sin embargo, no fue la actividad clandestina la

que puso en mis manos las primeras armas. Antes de portarlas de forma voluntaria, fue el Ejército

español quien me obligó a adiestrarme con ellas y posteriormente usarlas en maniobras militares

y competiciones deportivas. Estando en Toledo concentrado para el pentatlón militar, supe por

televisión de las muertes del guardia civil José Antonio Pardines y del militante de ETA Txabi

Etxebarrieta. 

Recuerdo con claridad el barracón del centro de instrucción de Araka, presidido por un enorme SI

VIS PACEM PARA BELLUN. Un teniente nos traducía y explicaba su significado, según el cual se

podía entender el papel del glorioso ejército de Franco como instrumento y garantía de una PAZ

que ya duraba 30 años. Posteriormente un sargento nos aleccionaba sobre el gran honor de

formar parte de dicho ejército y la responsabilidad que contraíamos al portar un arma, la cual

teníamos que cuidar “con más cariño que a la novia”. 

En relación a ese periodo, transcribo tal cual el resumen de una opinión que acabo de recibir en

Facebook: “El anuncio de la rendición de ETA llega una semana después de la condena a una

tuitera por mofarse (humillación a las víctimas, rezaba específicamente la sentencia) del

magnicidio más sonado de ETA: el atentado de Carrero Blanco. (…) el franquismo sigue floreciendo

en homenajes, mítines, comunicados, túmulos funerarios y abyectas fundaciones subvencionadas

por el estado español. El general Franco, el mayor asesino de nuestra historia, sigue siendo

celebrado en ciertos medios, radios, periódicos y televisiones, como un mal menor, un salvapatrias

o un cruzado del catolicismo contra las hordas rojas. Durante cuatro décadas practicó el terror a

campo libre y a tiempo completo; durante otras cuatro sus herederos ideológicos siguen

aprovechando las sobras del banquete, los tristes regüeldos de la impunidad y la cacicada.

Ninguna asociación de víctimas podrá reclamar por las docenas de miles de familiares que se

siguen pudriendo en las cunetas; ninguna de las mujeres que fue violada en los sótanos, ninguno

de los presos que fue torturado en las inmundas comisarías del régimen puede exigir justicia. Los

muertos fueron bastante más de ochocientos, los desplazados bastante más de medio millón, los

secuestrados casi todos nosotros. Discúlpenme este inoportuno rapto de demagogia”. 

El encabezamiento de este artículo es el mismo que el de la novela de Hemingway, pero el relato

bien diferente. Solo unas pocas armas son apartadas de la refriega, en realidad una insignificancia

comparada con todas las que a lo largo y ancho del globo vomitan pólvora y plomo. La importancia

de las mismas nunca ha estado relacionada con su cantidad y efectividad operativa (que también),

sino con ser parte de un conflicto político y la capacidad que tenían de incidir en el mismo; por

más que algunos se empeñen en reducirlo a un problema del Estado de Derecho con una banda de

malhechores. De haberlo sido, mal que le pese a los gobiernos español (sobre todo) y francés, no

habríamos tenido artesanos de la paz, ni sociedad civil implicada, ni la participación de los

Gobiernos autonómicos de la CAV y Nafarroa, ni verificadores oficiales y expertos internacionales

en resolución de conflictos. Y sobre todo, la satisfacción de la mayoría de la ciudadanía vasca. 

En todo caso, es solo la retirada de una ínfima parte de las decenas de miles de armas que

circulan y se almacenan legalmente en los Estados Francés y Español. Una parte insignificante de

los millones de artefactos que a diario se producen para su uso en todo el mundo. Por desgracia, a

día de hoy, no hay menos sino más armas que ayer circulando por el mundo y por Euskal Herria, si

tenemos en cuenta las que portan los ejércitos afincados en el territorio, más los de Gendarmería,

CRS, GC, Policía Nacional, Ertzaintza, forales y municipales, además de las empresas privadas de

seguridad. Es como reciclar unos pocos residuos mientras se producen exponencialmente

cantidades ingentes. El gran reto del desarme mundial y el fin de la carrera armamentística (y de

los inflados prepuestos militares, 32% de aumento este año en el Estado español, que se restan

del gasto social) es más acuciante que nunca, por más que nos alegremos de la entrega del 8 de

abril.

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