¿Quién se come la tarta?
Eva Azkona y June San Millán
REAS Navarra/Nafarroa
2026-ko apirilak 21
Cuando se trata de fraccionar, repartir, dividir… a muchas nos viene a la mente una imagen redonda partida en porciones. Repartir el pastel o la tarta es a menudo sinónimo de una lucha constante por quién se lleva el pedazo más grande. Compartir es una asignatura pendiente para demasiada gente, y corren tiempos en los que demasiada gente defiende a grandes acaparadores. El propio refranero nos advierte de la necesidad de separar funciones en esta delicada materia a riesgo de no ser equitativas o justas, ya que quien parte y reparte, se lleva la mejor parte. Incuso hay quien afirma con sorna que compartir es tener menos. Así, la tarta, el pastel, el botín… son metáforas para referirnos a un concepto tan concreto como indefinido: la riqueza. La RAE la define como abundancia, pero es mucho más que eso.
En un mundo regido por el poder de lo material y su acumulación, la riqueza, no es sólo dinero, es estatus o capital social, es poder, es privilegio. Pero la riqueza también puede ser cultura, territorio, es tiempo y privilegios. En la ESS nos gusta pensar en la riqueza como el conjunto de recursos que nos permite cubrir las necesidades de una comunidad, y no, no es una necesidad atiborrarse de tarta. La riqueza, aunque pueda ser un bien inmaterial, convendremos todas que su característica principal es bastante material y concreta. Y no todas las personas acceden a esta tarta en las mismas condiciones, ni tienen el mismo acceso a las porciones.
Vivimos en un mundo basado en el consumo desmesurado, de acumulación y producción sin límites. Un mundo desbordado, en el que las consecuencias de la economía capitalista se materializan en precariedad, contaminación, expolio, pobreza y desigualdad creciente. Un mundo donde las brechas entre el privilegio y el margen crecen exponencialmente, y donde cada vez menos personas tienen acceso a esa tarta, porque unos pocos quieren hacerse con todo el pastel.
El capitalismo no es solo un sistema económico de producción e intercambio, es también una forma de organizar la vida social. Una forma de organización que no es precisamente neutra, sino que se concreta en una jerarquización las vidas y define qué existencias son y serán protegidas y cuáles son sistemáticamente precarizadas, descartadas, consumidas. Como nos explica Amaia Pérez Orozco, en el centro de este sistema se sitúa el llamado BBVAh: un sujeto varón, blanco, burgués, adulto, con funcionalidad normativa y heterosexual, sin necesidad de cuidados, concentra los recursos, determinando quién accede a la riqueza y quién queda desplazado en los márgenes de la invisibilidad.
Pero como decíamos, no hay sólo una forma de entender la riqueza, ni de gestionarla, ni de repartirla. Frente a la hegemonía capitalista sigue habiendo alternativas. Desde la Red de Economía Alternativa y Solidaria defendemos nuestra forma de entender y practicar la economía como una herramienta de cambio. La economía no tiene por qué organizarse alrededor del beneficio, ni de la acumulación a través de la competencia; la economía puede (y debe más que nunca) poner en el centro la sostenibilidad de la vida. Hablamos de un mundo más vivible, más vivible para todas las personas. La ESS trata, como establece nuestra Carta de Principios, de garantizar el derecho de todas las personas a no estar sometidas a relaciones de dominación, independientemente del género, de la condición socioeconómica, orientación sexual, origen, situación administrativa… No obstante, sabemos que las estructuras de desigualdad que nos gobiernan (racismo, clase, patriarcado…) no desaparecen por el simple hecho de nombrarlas. Por eso queremos y aspiramos a cambiar las reglas del juego.
La interseccionalidad, término acuñado por Kimberlé Crenshaw, nos ayuda a entender por qué no todas accedemos igual a las distintas tartas. La interseccionalidad es una herramienta política para visibilizar cómo las relaciones de poder construidas en base al privilegio generan diferentes formas de desigualdad de manera simultánea. En el mundo que hemos construido las situaciones de injusticia son complejas y dificilmente pueden simplificarse. El racismo, clasismo, sexismo, capacitismo… no actúan nunca de forma aislada. No se trata de coleccionar etiquetas, sino de comprender dicha complejidad. Consecuentemente las experiencias de una mujer migrada trans con bajos recursos no será la misma en el mismo contexto que la del sujeto normativo (ese BBVAh). El sistema actual está diseñado a medida de este sujeto colmado de privilegios, mientras que para el resto el sistema pone más y más obstáculos. Un doloroso y reciente ejemplo es la ola de desalojos de jóvenes migrantes, racializados, en situación administrativa irregular y sin hogar que en los últimos meses se han visto en el estado y también en Euskal Herria.
En la ESS también tenemos que hacer una incómoda autocrítica. ¿Quiénes estamos dentro, dónde estamos y quiénes faltan? En la práctica, los proyectos de transformación ecosocial siguen siendo sostenidos mayoritariamente por quien tiene acceso a educación, tiempo y dinero, principalmente en cualquier tonalidad de blanco. No podemos permitir que lo alternativo sea un espacio únicamente accesible a personas privilegiadas y con cierto capital. Tenemos que repensar nuevas estructuras, nuevas formas de organización, de gobernanza y de financiación, con una mirada interseccional que no sólo nombre, sino que genere mecanismos reales de redistribución de la riqueza para una verdadera transformación social. Sin esa mirada interseccional la economía alternativa y otras formas de contrapoder seguirán dejando a muchas personas sin tarta. Sabemos que la auténtica riqueza se mide precisamente en cómo repartimos el pastel, por eso os animamos a todas las personas interesadas en nuevas formas de organización a participar del 8 al 10 de mayo en el encuentro bienal de la ESS en Iruña. No habrá tarta, pero sí bizcocho.
